Mi querida Cathy:
Feliz cumpleaños, preciosa. ❤️
Hoy comienza una nueva vuelta al sol para ti, y si hay algo que deseo de todo corazón es que la vida te sorprenda con cosas tan bonitas como las que tú mereces.
Que nunca te falten motivos para sonreír, que tus sueños encuentren caminos para hacerse realidad y que cada meta, cada proyecto, cada viaje y cada ilusión que guardas en tu corazón se acerquen un poquito más a ti.
Espero que este nuevo año te encuentre rodeada de amor, de tranquilidad, de personas que te cuiden y te regaloneen tanto como mereces. Que puedas seguir creciendo, descubriendo cosas nuevas y convirtiéndote en esa mujer maravillosa que siempre has sido.
Y aunque hoy estés un poquito más grande y, seguramente, un poquito más sabia, hay algo de lo que estoy completamente seguro: para mí seguirás siendo tan hermosa como aquella primera vez que mis ojos se detuvieron en ti, sin imaginar que esa mujer que veía en el gimnasio terminaría significando tanto en mi vida.
Porque hay personas que conocemos y, con el tiempo, se convierten en recuerdos. Pero también hay personas que, incluso con el paso de los años, siguen teniendo un lugar especial en nosotros.
Y tú, Cathy, eres una de ellas.
Debo confesarte que me costó encontrar la manera de comenzar esta carta. No porque me falten cosas que decirte, sino porque son tantas las que llevo guardadas que, cuando intento ordenarlas, termino descubriendo cuánto significan todavía para mí.
Después de las flores amarillas pensé que había llegado el momento de dejar descansar mis intentos por acercarme a ti. Había puesto muchísimo cariño en aquel gesto y, aunque en el fondo esperaba que pudiéramos volver a hablar, también sabía que existía la posibilidad de que no sucediera.
Y así fue.
No voy a mentirte: me dolió.
Me costó mucho comprender tu silencio. Durante bastante tiempo me pregunté qué significaba, si debía esperar, si había hecho algo equivocado o si simplemente era tu manera de decirme que necesitabas seguir tu camino sin mí.
Creo que, en el fondo, lo que más me costaba no era entenderlo, sino aceptar que las cosas podían no resultar como yo deseaba.
Porque yo quería escucharte. Quería saber de ti, preguntarte cómo estabas, cómo habían sido tus días, qué cosas nuevas habían pasado en tu vida.
Pero con el tiempo he ido comprendiendo algo importante: querer mucho a alguien no significa que podamos decidir por esa persona, ni que nuestros sentimientos nos den derecho a ocupar un espacio en su vida.
Y créeme que aprender eso no ha sido sencillo para mí.
Ha pasado un poquito más de un año desde que terminó nuestra historia. Un año que, de muchas maneras, me ha cambiado.
He tenido días buenos, días difíciles, momentos de mucha tranquilidad y otros en los que me ha costado muchísimo entender lo que siento.
He vuelto a hacer cosas que me gustan, a entrenar, a disfrutar de mi propia compañía y a descubrir que también puedo construir momentos bonitos estando solo.
Pero, sobre todo, he comenzado a conocer una parte de mí que durante mucho tiempo no supe escuchar.
Ir a terapia ha sido una de las experiencias más difíciles y, al mismo tiempo, más valiosas de este último tiempo. Me ha llevado a mirar cosas de mí mismo que antes prefería no cuestionar.
He tenido que reconocer errores, enfrentar recuerdos y comprender que algunas conductas que yo consideraba normales podían hacer daño a las personas que más quería.
Y cuando pienso en nosotros, hay cosas que hoy me cuesta recordar sin sentir vergüenza.
Me duele reconocer que hubo momentos en los que no supe escucharte, en los que reaccioné desde la rabia o la frustración sin detenerme a pensar en lo que mis palabras podían provocar en ti.
No quiero buscar excusas en mi pasado ni en las cosas que me faltó aprender. Mis errores fueron míos, y hoy entiendo que reconocerlos también significa hacerme responsable de ellos.
Durante este proceso aprendí tres palabras que intento llevar conmigo cada día:
Sentir. Pensar. Actuar.
Parece algo sencillo, ¿verdad?
Pero para alguien que muchas veces sentía y reaccionaba sin detenerse a comprender lo que estaba pasando, aprender a hacer una pausa ha significado muchísimo.
Hoy sé que amar también es saber escuchar. Es tener paciencia, comprender los tiempos del otro y entender que no siempre necesitamos tener la razón.
Y creo que una de las cosas que más me duele de nuestra historia es darme cuenta de que, mientras yo intentaba demostrarte mi amor de la manera en que sabía hacerlo, muchas veces no supe reconocer cómo necesitabas recibirlo tú.
A mí siempre me encantó sorprenderte, preparar detalles, inventar alguna locura y buscar maneras de hacerte sonreír. Tú sabes cómo soy cuando quiero a alguien.
Pero hoy comprendo que el amor no vive solamente en los grandes gestos.
También está en una conversación tranquila, en prestar atención, en saber guardar silencio cuando corresponde, en comprender sin juzgar y en hacer sentir segura a la persona que tienes al lado.
Ojalá hubiera entendido tantas cosas cuando todavía tenía la oportunidad de demostrártelas.
Y, sin embargo, agradezco haberlas aprendido, porque me han ayudado a convertirme en alguien más consciente de sus emociones y de la manera en que trata a los demás.
No te cuento esto para convencerte de que soy una persona completamente diferente. Sé que los cambios verdaderos no se demuestran con una carta ni con promesas bonitas, sino con la manera en que vivimos y actuamos cada día.
Te lo cuento porque fuiste una parte muy importante de mi vida y porque, de alguna manera, todo lo que vivimos también me llevó a preguntarme qué clase de persona quería llegar a ser.
Y en medio de todo ese aprendizaje, hubo un sentimiento que nunca conseguí hacer desaparecer.
Te extraño, Cathy.
Te extraño muchísimo.
Extraño tu voz, tu risa, tus abrazos. Extraño nuestras conversaciones, tus ocurrencias, tus mañas y esa manera tan tuya de ser que todavía recuerdo con tanto cariño.
Extraño contarte las cosas que me pasan y pensar en todas esas historias que seguramente te harían reír, o que terminarían con alguna de tus respuestas diciéndome que ya me lo habías advertido.
Extraño los planes, las salidas, las cosas simples.
Y también extraño algo que quizás antes no valoré lo suficiente: esos momentos en los que no necesitábamos hacer absolutamente nada, porque bastaba con estar juntos.
No es que no haya aprendido a estar solo. Lo he hecho, y me ha servido muchísimo.
Es que aprender a estar bien conmigo mismo no ha significado dejar de echarte de menos.
Hay una diferencia enorme entre necesitar a alguien para sentirse completo y desear compartir con esa persona la vida que uno está construyendo.
Y yo, si te soy sincero, todavía desearía compartir tantas cosas contigo.
A veces me sorprendo imaginando cómo sería volver a hablarte. Escuchar cómo ha sido este tiempo para ti, conocer tus nuevas historias, tus sueños, las cosas que te entusiasman y todo aquello que quizás ha cambiado.
Porque sé que ha pasado mucho tiempo.
Tú has seguido viviendo, creciendo y construyendo tu propio camino, y hay una parte de tu historia que yo ya no conozco.
No pretendo recuperar ese tiempo ni hacer como si nada hubiera ocurrido.
Pero si alguna vez existiera la posibilidad de reencontrarnos, me encantaría conocer también a la mujer que eres hoy.
Sin apurarnos. Sin pretender volver exactamente al lugar donde nos quedamos.
Con la oportunidad de escucharnos de otra manera y descubrir si todavía existe algo bonito que ambos queramos construir.
No voy a esconderte lo que siento: me encantaría volver a intentarlo contigo.
Me encantaría volver a escribirnos, llamarnos, salir, reírnos y compartir esas pequeñas cosas que terminan convirtiéndose en los recuerdos más grandes.
Me encantaría volver a conquistarte, pero esta vez entendiendo que conquistar no se trata de insistir ni de sorprender con regalos, sino de conocerte, cuidarte y respetarte de verdad.
Y quiero que sepas algo: no deseo regresar a tu vida para cambiar la que has construido.
No quiero que dejes tus sueños, tus proyectos ni las cosas que te hacen feliz por mí.
Al contrario, siempre he deseado verte crecer, cumplir tus metas y convertirte en todo aquello que sueñas ser.
Si alguna vez nuestros caminos volvieran a encontrarse, me gustaría caminar a tu lado, no delante de ti ni por encima de tus prioridades.
Celebrar tus logros, acompañarte en tus días difíciles, aprender de ti y permitir que tú también me acompañes en los míos.
Pero también entiendo que esto es lo que yo siento y deseo, y que tú puedes sentir algo completamente distinto.
No sé cómo recibas estas palabras. No sé si te emocionen, te sorprendan o si preferirías que hubiera guardado todo esto para mí.
Y si es así, de corazón, lo siento.
No quiero que esta carta te haga sentir comprometida a responderme, ni que mi cariño se convierta en una responsabilidad para ti.
Tampoco quiero que un gesto preparado con amor termine siendo algo que te quite tranquilidad.
Por eso, aunque una parte de mí siga soñando con volver a conversar contigo, quiero respetar también la posibilidad de que ese deseo no sea compartido.
Pero hay algo que sí quiero que tengas muy presente: aquí voy a estar para ti.
Si algún día te nace volver a escribirme, llamarme, contarme cómo estás o simplemente conversar, quiero que sepas que puedes hacerlo.
No importa cuánto tiempo haya pasado ni cuántas cosas hayan cambiado. Me encantaría volver a saber de ti, escucharte y descubrir cómo te ha tratado la vida.
Y sí, no voy a negártelo: una parte de mí todavía te espera, con la ilusión de que algún día podamos volver a encontrarnos.
No te digo esto para que sientas que tienes que volver ni para que me prometas algo. Te lo digo porque quiero que sepas que, de mi parte, siempre tendrás una puerta abierta y muchísimo cariño esperándote al otro lado.
Y si algún día decides cruzar esa puerta, créeme que me haría inmensamente feliz.
Pero si ese día nunca llega, también quiero aprender a respetarlo.
Porque hay algo que permanece por encima de cualquier ilusión que yo pueda tener:
Quiero que seas feliz, Cathy.
De verdad.
Que la vida te trate bonito, que nunca pierdas esa luz tan tuya y que siempre encuentres razones para sentirte orgullosa de la mujer que eres.
Y si algún día, porque así lo deseas, nuestros caminos vuelven a cruzarse, me encantaría que pudiéramos mirarnos desde todo lo que hemos aprendido.
Mientras tanto, quiero quedarme con lo bonito que vivimos, agradecer lo que significaste para mí y seguir creciendo con las lecciones que nuestra historia dejó.
Antes de terminar, quiero volver al motivo más importante de esta carta.
Hoy es tu cumpleaños.
Y aunque terminé escribiéndote muchísimo más de lo que imaginaba, de verdad espero que hayas pasado un día precioso, que te estén regaloneando harto y que esta nueva vuelta al sol te traiga puras cosas hermosas.
Quiero desearte un año lleno de abrazos, de risas hasta que te duela la guatita, de viajes inolvidables, de conciertos que te hagan cantar a todo pulmón, de sueños cumplidos y de esos pequeños momentos que parecen insignificantes, pero terminan haciéndonos inmensamente felices.
Espero que te hayan regaloneado muchísimo, que tu familia esté bien y que hayas sentido todo el cariño que mereces recibir.
Y ojalá esta pequeña sorpresa te haya regalado, aunque sea por un instante, una sonrisa bonita.
Porque si algo me sigue gustando tanto como aquella primera vez que te vi en ese gimnasio, es imaginarte sonriendo.
Hay muchas cosas que el tiempo cambia.
Pero hay sentimientos que, incluso cuando aprendemos a vivir con su ausencia, siguen formando parte de nuestra historia.
Yo todavía te amo.
Y aunque no sé qué hará la vida con ese amor, hoy quería expresártelo con honestidad, sin pedirte que hagas nada con él.
Gracias por los momentos bonitos, por lo que compartimos y por todo lo que nuestra historia me enseñó.
Que esta nueva vuelta al sol Dios te bendiga como siempre lo ha hecho.
Que seas inmensamente feliz.
Feliz cumpleaños, mi Cuecathy. ❤️
Con muchísimo cariño y amor,
— Mike ♡